
La autocompasión del suicida no es noble
Pero, joder, te salva la vida.
[Fragmento del primer poema que escribimos juntos, como siempre sin que tú quisieras]
Está bien perdonarnos de vez en cuando a nosotros mismos, agachar la cabeza ante nuestra mirada y admitir que teníamos razón. Está bien desgarrarnos la garganta para lograr un poco de silencio... aunque el útero donde yace el ruido no lo encontremos allí. Ismael me ha enseñado muchas cosas, entre otras a ser indulgente con mis errores pero esto no ha sido una lección vital. Digamos que Ismael no me enseña con sus palabras lo que yo aprendo de ellas, digamos que reconozco lo absurdo de las uñas clavadas en los propios ojos para no vernos a nosotros mismos cuando extraigo con pinzas las espinas de las yemas de sus dedos (en el sentido más literal). Pandora tal vez sea la madre de todos o tal vez sea su madrasta. Pandora es curiosa, mucho, siempre escarba donde no toca, donde no le dejan, donde no le llaman. Ismael me abraza y musita tiernas palabras de afecto y pretende comprensión... yo siento la piel ardiendo bajo su mano. Ismael envía postales desde una terraza en Lisboa, nos piensa, nos dice, y nosotros le pensamos todos los días porque está en cada átomo de la ahora densa atmósfera de esta casa, porque lo encuentro en cada mota de polvo de mi cuarto, porque vive en cada gramo de mi culpa inexpugnable. Ismael moldea a Pandora tanto como yo, tiene ojos de agua como una burda metáfora de la transparencia de su alma. Poco a poco he sacado los horrores de esta caja que es su mente, poco a poco he agrietado sus sólidos cierres metálicos. Y al final, la esperanza disfrazada de cordura o todo lo contrario nos ha mirado a los dos a la cara. ¿Por qué querrías estar a mi lado? ¿Qué se refleja de este silencio, de esta frivolidad, de esta prepotencia en esas pupilas tuyas, tan absorbentes como tus labios y sus historias? ¿Qué ves, mi pequeño, qué ves que es Pandora?

No hay comentarios:
Publicar un comentario