Te observo, de lejos, mientras cantas. Las venas de cuello invitan a un sueño del que no puedo participar, no ahora, ni aquí. Tu pecho al cielo, los brazos abiertos y un rugido, sabor a vinagre, amargo como el amor en aquél colchón sin sábanas. Sigo las huellas de tus amantes por tu espalda, cicatrices de batalla, vomitas niebla y te cubre, te envuelve entre risas y ojos de gato, abiertos, alerta, que sueñan con que no pueden soñar un mundo mejor. Me azuzas y me quemo, me recojo el pelo y te presto una almohada para hacer más cómodo este viaje a ninguna parte, en el que ninguno de los dos termina por encajar en su asiento junto al otro. Nuestros brazos forman las piezas de un puzzle confuso, informe, sin razón ni orden, se descompone y nos grita para dejar de intentarlo. Pero seguimos… entre vino barato, cerveza de barril y el toque intelectual de las luces de neón y esa música que no nos deja hablar, sólo imaginar la conversación. Caras guapas entre mis manos, cabellos suaves entre las tuyas, bien peinados, sin remolinos, sin nudos, con colores de fantasía y esos ojos, esos ojos que no podrás olvidar. Pero vuelves a un metro y medio del suelo, a la altura de mi sonrisa torcida y apagada, sonrisa negra perfilando un futuro estático lleno de vacío. Intentamos el viaje de nuevo, en direcciones opuestas sin soltarnos la mano. Vuelven las caras guapas a mis manos y los cabellos suaves a enredarse entre tus dedos.
martes, 19 de febrero de 2008
domingo, 17 de febrero de 2008
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