El balanceo de un hueco que se expande y se hace pequeño. El amor que me deslumbra, que me devuelve un destello en el espejo, una sensación fugaz, efímera, una ilusión de otra ilusión. Es un sol templado que abrasa en el parque, unos guantes que no impiden que sangren los nudillos. Aprecio el vacío estimulante, el impulso de las ansias de romper para siempre con la nada y del duelo por su ausencia. Abro las manos, extiendo las palmas a un cielo ignorante, confuso, que no sabe lo que le pido. Me encojo buscando el brazo protector que promete que todo irá bien, acelero y la caída no llega a materializarse, pero amenaza. La amenaza del horror por lo monstruoso, por esa máquina gigante que me apremia a formar parte de sus engranajes mientras me precipito transformándome en tuerca, en bujía lubricada por el dolor escurridizo de mis lágrimas. Sueños de cuentos de hadas, de whisky barato, de lecturas a oscuras y humo de tabaco. Imagino y mis pies se sostienen sobre ese imaginario eludiendo la amenaza… son cuentos de hadas. Trazo un plan y me diluyo entre sus líneas, sus marcas rojas, sus perfectos silogismos hasta que de mí no queda nada y entonces, empapada por su belleza, calada hasta los huesos de la perfección de su esquema, del final sorpresivo, de las frases geniales, de la profundidad que le dan a mis ojos las gafas resurjo rompiendo, rajando, desquebrajándolo todo hasta diluirlo a él en los surcos vertiginosos de mis circunvoluciones cerebrales, en la carne y los pelos y lo más podrido que pueda expulsar de mí y lo alejo, lo arrojo fuera, lo escupo… hasta engullirlo, entrañarlo, gestarlo en mi gemelo y parirlo por mi cabeza.
domingo, 13 de enero de 2008
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