
Hoy me siento asustada. Tengo miedo. No siempre que se tiene miedo es porque ocurra algo malo o porque tengas sospechas de que efectivamente va a ser así, a veces se tiene miedo a que todo salga bien.
El miedo es un monstruo de ojos tristes. Dejo que me observe, taciturno, y que acaricie suave mi espalda; yo no me atrevo a mirarlo. Sus manos son grandes y ásperas, sus caricias siempre son arañazos… heridas de los surcos de mi piel. El miedo me susurra profecías que encojen mi diafragma, no me deja respirar. Pero no quiere hacerme daño, sólo quiere que me quede con él, recostada de lado con la cabeza en la almohada, sin pronunciar ninguna palabra, dejando tan sólo que se deslicen tímidas las lágrimas. No ve en ellas su victoria, el miedo no entiende de triunfos; sólo quiere arroparme con sus brazos… y yo me dejo envolver. Escribo esto despacio, con sigilo, no quiero despertarle. Si se diera cuenta de que os hablo de él se cubriría la cara gimiendo como un cachorro y me abandonaría.
