miércoles, 28 de enero de 2009
El cielo son los demás
Estúpidamente melancólica hoy me he recorrido la línea de playa en el tranvía, observando amanecer la ciudad. Valencia a veces despierta en colores intensos y el cielo pinta Monet, entonces yo me enamoro otra vez de ella. Prendada de las calles antiguas del Cabañal, de ese justo instante en el que la tranquilidad da paso al bullicio de las diez de la mañana, no puedo dejar de observar atónita a las gentes que me miran aún con ojos de sueño. Charlo con una joven al bajar del tranvía recorriendo Serrería, dejo que me enamore con sus sentimientos a flor de piel, de adolescente que lucha por vivir en un mundo que le muestra resistencia. Casi sin parpadear escucho su vida, los pormenores que revela a desconocidas amables y con pinta de estar más perdidas que ella. Sigo sus pasos regalándole sonrisas y es maravilloso notar cómo se introduce su ilusión en mi vientre y me ilumina la cara. De algún modo ambas nos hemos alegrado la mañana, la una relatando durante cinco minutos, la otra escuchando sonriente. Entonces se disipa ese sentimiento de culpa que me rondaba los últimos días, entonces se apaciguan las llamas del infierno que dicen que son los demás y me elevo diez centímetros sobre el suelo sin dejar de mirarla a mi lado.
domingo, 25 de enero de 2009
Ese maldito yo
Ahora, suspendida en medio de las calles vacías, estepas de la ciudad, me cuesta recordar cómo era antes. Quisiera poder llenar las paredes de mi cuarto con recortes del presente, pero sólo me quedan recuerdos. Soy una anciana en la veintena de la vida, sin experiencia y despojada de pasiones. No recuerdo el momento exacto en que mi pelo se llenó de mechones blancos pero debió ser como un crujido, como una brecha apareciendo en mitad de mi frente por la que se escaparon poco a poco las ganas de vivir y el espíritu de aventura. Como un pelele a merced de los vientos, rodando sobre sí mismo sin inmutarse, sin importarle la dirección o la climatología. Como un pelele viejo y harapiento, rodando sin tan siquiera amargura. Aquí suspendida, mirando mis pies descalzos y arrugados, me recuerdo a un animal. Los dedos de los pies se han hecho garras que intentan aferrarse a la tierra con la esperanza de extraer de ella el impulso para sobrevivir. En noches como esta encuentro la soledad como un remanso de paz, como una habitación escondida y cerrada con llave donde no tengo que fingir, donde no hay juicios más allá de mi conciencia. Me calzo este remanso como unos zapatos viejos que camuflan los garfios de mis dedos. Sin embargo, siempre dejo la ventana abierta, con la persiana a medio bajar, y por ella se cuela la angustia de los otros y sus miradas. Entonces me imagino en sus retinas como otra, como una conciencia que juzga y me siento despreciable, despreciable por poder empujarles a desear esta soledad tanto como yo la deseo cuando la anestesia que me impongo en su presencia se disipa de mi sangre. Ya no puedo sostener más la máscara que oculta la nada, ya no puedo siquiera esconderme de mí misma en un cuarto a oscuras. Intento encontrar el orden oculto de este caos contradictorio y me siento estúpida por creer que todo ha de tener un sentido, una forma inteligible oculta. Puede que sólo sea contradictoria y que la contradicción sea mi única esencia, esculpida debajo de mi piel en forma de una gran interrogación sonriente y cínica, como ojos de “te lo advertí”. Dicen que todos encontramos nuestro sitio tarde o temprano, eso a lo que Darwin llamaba adaptación, entonces, ante esas palabras, me siento ineficiente, seleccionada naturalmente para extinguirme. Me cuesta zafarme de este sentimiento constante de ser inferior que ha calado hondo en mi forma de percibir a los demás. No hay día que no se me pase por la cabeza que los otros me consideran subnormal, retrasada mental, deficiente. Nada puede evitar que al charlar con alguien piense que soy idiota, que no estoy a la altura, que no tengo ningún conocimiento ni opinión relevante o convincente. Incluso llego a considerar que aquellos que se me acercan emocional o sexualmente padecen algún tipo de perversión por sentirse atraídos por alguien como yo. Horrible por fuera e insípida por dentro. Suelo llevar mis gafas como un yelmo protector del mundo, intento proteger mis ojos hundidos en surcos negros de la mirada de los otros, protejo cualquier pensamiento o emoción que puedan manifestar de sus ojos siempre brillantes, que esconden un secreto más importante que cualquier cosa que haya podido sucederme jamás. No soy más que lo que se esconde detrás de esas gafas: unos ojos que observan el mundo y permanecen quietos, opacos, sin brillo. No hay nada en mi interior que pueda encenderlos.
sábado, 9 de agosto de 2008
martes, 5 de agosto de 2008

Entendiste que era el final cuando viste mis huellas en el suelo. Ninguna conciencia podría seguir mis pasos. Sabías a dónde conducían, pero no querías saberlo, por eso te arrancaste el pelo a jirones, por eso te quemaste los párpados. Querías estar atento, alerta a cualquier olor que llevara mi nombre. Escogiste otro dolor, para calmar el de tus entrañas, pero nuestro hijo ya se gestaba en tu vientre y quería salir mientras tú buscabas la manera de hacerme daño. Pero no había esquinas en nuestra casa, ni objetos punzantes, no quedaba ya ni una gota de cianuro, lo habíamos ido destruyendo todo poco a poco, con esa calma que te caracteriza los días de sol, días rojo intenso.
Por la ventana asomaban los gatos. Ni rastro de mis ojos.
domingo, 8 de junio de 2008
La puta distancia (otra vez sucumbiendo al pasado)

Ya no sé lo que soy. Me extraña mi sombra, el sonido de mis palabras, mi olor corporal, el tacto de mi pelo sobre la espalda. Encuentro en tus ojos mi propia mirada galopando, lanzándose al vacío de tus pestañas. Desconfío de tu abrazo, rehúyo de la tranquilidad de tus palabras que son lanzas. Desconfío, cuando estoy contigo, hasta de mis miradas. Miedo, quieto, silencioso, esperando agitar mi cerebro que estallando en reglas absurdas me obliga a codificar cada movimiento, me estremece, tengo miedo de ese mí que está contigo, de ese yo que huele en tus sábanas recuerdos de noches pasadas que reptan por tu piel y me enseñan los dientes. El caos de tu mesa me narra historias en las que no he podido participar y sangro levemente, para que no te des cuenta. En el silencio y en el escándalo, veo cómo te alejas. Retengo tu imagen, tu figura recortada en un paisaje urbano, saltando, levantando un kalimotxo, llamando la atención de otro alguien que pasará por tu vida de puntillas, como yo lo hago, temeroso de ser lo que tú no quieres que sea.
miércoles, 28 de mayo de 2008

Todos duermen, a mamá no hay quien la saque de su dosis de emocor nocturna, no gana para disgustos, dice. Yo sabré qué hacer con ellos. Si los jodidos escalones no chirriaran esto sería menos siniestro, está bien que así sea, le da un toque de misterio al asunto. Quizá alguien ruede una película sobre mi vida alguna vez, deberían hacerlo. Ahí está el viejo gordinflón, borracho como una cuba. No se mueve, no reacciona. Las cerdas de la televisión local, se ha dormido empalmado el muy cabrón. Tengo que hacerlo bien. Los cordones de las zapatillas bastarán. Muy bien, así no podrá moverse, de todas maneras dudo que aguantara el equilibrio. Qué asco, este puto olor me ha perseguido toda la vida, vino barato o whisky o yo qué sé qué bebe este mierda. Se ha despertado, joder, bueno, tranquilo, entraba en los planes, aunque hubiera sido mejor despertarle con la pistola de agua. ¿Por qué chilla? ¿Es que acaso no sabe que ya está perdido? No tienes escapatoria, no, no, sale en demasiadas películas. Mejor voy a sonreírle, sí, sí, psicópata, dice. Yo no soy un psicópata, esto lo hago por un motivo, hijo de puta, esto lo hago por todos nosotros. Cállate. Toda la vida con esa puta palabra en la boca, Muñequita, pero ya soy un hombre y soy fuerte, lo sé. Puedo con este viejo. ¿Le escupo? No, mejor vayamos al grano, no quiero que Sara o el bebé se despierten y vean lo que tengo que hacer, no lo entenderían, son demasiado pequeñas, no comprenderían que es lo único que puedo hacer, que las estoy salvando. No te muevas, joder, lo vas a cagar todo. El cuchillo, ¿dónde coño lo escondí? Vale, en el sofá. Eres un maldito cabrón, mira cómo chilla, chilla como una niña en una peli de terror. Les diré que incluyan esto, al viejo borracho chillando como una niña. Ya no está cabreado, ahora está acojonado, lo veo en sus ojos. A-co-jo-na-do. Si hasta se va a poner a llorar. Pero hombre, si son unos cortecitos de mierda, Muñequita. Grita demasiado, me va a obligar a acabar con esto ya, con lo que me estoy divirtiendo. Cómo se retuerce, perrito mojado, triste en la carretera. No llores, no llores, no llames a tu mami, muñequita. Tengo que hacerle callar, la garganta, joder, cómo sangra, como el cerdo que es, lo va a poner todo hecho una mierda. Le salen burbujas por la raja, no sabía que esto fuera así, sí que tiene sangre el cabrón. Ya no se mueve. Cómo pesa, tendré que bajarlo en el ascensor. Y mamá, mamá se cabreará por la mañana cuando vea que tiene que limpiar todo esto.
martes, 13 de mayo de 2008
Ya me callo la puta boca
Aprendemos a vivir gritando, verbalizando los
acontecimientos para repensarlos, recrearlos y
alimentarnos de ellos. No veo más que este humo que turba
y desconsuela, todos sabemos ya que no hay consuelo en la
filosofía. Tal vez el sol, un sol de mediodía, con la
sombra más corta, el sol de Zaratustra. Insistes en
compartirlo, porque somos todos, porque el súper hombre
no es un individuo ni podría serlo. El sueño empieza a
bostezar entre nosotros, la primera luz de la mañana se
acerca y sigues insistiendo en verbalizar, en hacerlo
nuestro. No, o quizá sí, ya no sé si quiero que sigamos
engendrando verdades que no pasan de ser cigoto, armadura
para cerrarnos en banda al resto: mejor aniquilémoslas.
Golpeemos en el epicentro de nuestras creencias,
echémoslas por tierra y quedémonos solos, con los ojos
grandes al mundo, de par en par, encendiendo velas a los
dioses esparcidos por el suelo agradeciéndoles que un día
nos amamantaran con el maná de la seguridad, el que ahora
nos permite seguir vadeando este océano sin tierra firme,
aguantando juntos, lúcidos, tranquilos, permitiéndonos el
desliz de agarrarnos a un clavo ardiendo. La filosofía
acabó en Parménides ¿no? Pues voy a cerrar la boca (o a
levantar las manos, que en este caso sería lo más
correcto) y a asentir: SER, no es más, el resto…
palabras, cantos en el mar.
acontecimientos para repensarlos, recrearlos y
alimentarnos de ellos. No veo más que este humo que turba
y desconsuela, todos sabemos ya que no hay consuelo en la
filosofía. Tal vez el sol, un sol de mediodía, con la
sombra más corta, el sol de Zaratustra. Insistes en
compartirlo, porque somos todos, porque el súper hombre
no es un individuo ni podría serlo. El sueño empieza a
bostezar entre nosotros, la primera luz de la mañana se
acerca y sigues insistiendo en verbalizar, en hacerlo
nuestro. No, o quizá sí, ya no sé si quiero que sigamos
engendrando verdades que no pasan de ser cigoto, armadura
para cerrarnos en banda al resto: mejor aniquilémoslas.
Golpeemos en el epicentro de nuestras creencias,
echémoslas por tierra y quedémonos solos, con los ojos
grandes al mundo, de par en par, encendiendo velas a los
dioses esparcidos por el suelo agradeciéndoles que un día
nos amamantaran con el maná de la seguridad, el que ahora
nos permite seguir vadeando este océano sin tierra firme,
aguantando juntos, lúcidos, tranquilos, permitiéndonos el
desliz de agarrarnos a un clavo ardiendo. La filosofía
acabó en Parménides ¿no? Pues voy a cerrar la boca (o a
levantar las manos, que en este caso sería lo más
correcto) y a asentir: SER, no es más, el resto…
palabras, cantos en el mar.
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