Aprendemos a vivir gritando, verbalizando los
acontecimientos para repensarlos, recrearlos y
alimentarnos de ellos. No veo más que este humo que turba
y desconsuela, todos sabemos ya que no hay consuelo en la
filosofía. Tal vez el sol, un sol de mediodía, con la
sombra más corta, el sol de Zaratustra. Insistes en
compartirlo, porque somos todos, porque el súper hombre
no es un individuo ni podría serlo. El sueño empieza a
bostezar entre nosotros, la primera luz de la mañana se
acerca y sigues insistiendo en verbalizar, en hacerlo
nuestro. No, o quizá sí, ya no sé si quiero que sigamos
engendrando verdades que no pasan de ser cigoto, armadura
para cerrarnos en banda al resto: mejor aniquilémoslas.
Golpeemos en el epicentro de nuestras creencias,
echémoslas por tierra y quedémonos solos, con los ojos
grandes al mundo, de par en par, encendiendo velas a los
dioses esparcidos por el suelo agradeciéndoles que un día
nos amamantaran con el maná de la seguridad, el que ahora
nos permite seguir vadeando este océano sin tierra firme,
aguantando juntos, lúcidos, tranquilos, permitiéndonos el
desliz de agarrarnos a un clavo ardiendo. La filosofía
acabó en Parménides ¿no? Pues voy a cerrar la boca (o a
levantar las manos, que en este caso sería lo más
correcto) y a asentir: SER, no es más, el resto…
palabras, cantos en el mar.
acontecimientos para repensarlos, recrearlos y
alimentarnos de ellos. No veo más que este humo que turba
y desconsuela, todos sabemos ya que no hay consuelo en la
filosofía. Tal vez el sol, un sol de mediodía, con la
sombra más corta, el sol de Zaratustra. Insistes en
compartirlo, porque somos todos, porque el súper hombre
no es un individuo ni podría serlo. El sueño empieza a
bostezar entre nosotros, la primera luz de la mañana se
acerca y sigues insistiendo en verbalizar, en hacerlo
nuestro. No, o quizá sí, ya no sé si quiero que sigamos
engendrando verdades que no pasan de ser cigoto, armadura
para cerrarnos en banda al resto: mejor aniquilémoslas.
Golpeemos en el epicentro de nuestras creencias,
echémoslas por tierra y quedémonos solos, con los ojos
grandes al mundo, de par en par, encendiendo velas a los
dioses esparcidos por el suelo agradeciéndoles que un día
nos amamantaran con el maná de la seguridad, el que ahora
nos permite seguir vadeando este océano sin tierra firme,
aguantando juntos, lúcidos, tranquilos, permitiéndonos el
desliz de agarrarnos a un clavo ardiendo. La filosofía
acabó en Parménides ¿no? Pues voy a cerrar la boca (o a
levantar las manos, que en este caso sería lo más
correcto) y a asentir: SER, no es más, el resto…
palabras, cantos en el mar.

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