Me entristece ver vieja mi ciudad. Me entristecen las sombras en las plazoletas, en las escaleras de San Jorge, junto al palacio de las Veletas. Me entristece la silueta de nuestros cuerpos recortada frente al barrio judío, llenito de casas blancas apiñadas, bajitas, de mujeres tendiendo, de hombres viejos con bastón y cigarro subiendo asfixiados la cuesta de Villalobos. Lo imagino, lo recuerdo a mi manera, a la única manera que tengo. Ecos de nuestros timbales, de nuestras risas, brazos cansados de hacer malabares, alguna botella de cerveza vacía… ya no hay niños en esas plazas y el frío es el mismo que el de entonces. Desde arriba de las escaleras, debajo del arco de la Estrella miro la plaza mayor: está vacía. Algunos viejecinos, algunas mujeres teñidas con visón, de nosotros quedamos cuatro debajo de los arcos frente al Berlín, escondiendo macetas, sabiendo que sólo formamos parte temporal de ese paisaje, que cuando huyamos de nuevo se quedarán sólo los viejos. Están matando mi ciudad de aburrimiento. Qué pasó con el teatro callejero? Con esa calle Pintores llena de mimos, de violinistas, de titiriteros? Un concierto de jazz de los chicos del conservatorio, junto a la estatua del hombre encapuchado al estilo KKK que dice ser un seguidor de Dios. “Dios” estaba en esas calles empedradas, retorcidas, en las narices de payaso, en los niños que salían corriendo de las marimantas, de los niños que bajaban al parque solos porque no pasa nada. Qué pasó con la semana de WOMAD, la cabalgata de los saltimbanquis, los conciertos improvisados en la puerta del ayuntamiento, las guitarras de la torre de Bujaco con sabor flamenquillo, el aljibe de los deseos?

Echo de menos mi Cáceres, que no sé si es el verdadero o sólo pertenece a mi imaginación. Quiero volver a ser una niña corriendo por la calle Caleros para quedarme boquiabierta mirando la iglesia de Santiago, dejándome las rodillas bajando la cuesta de Camino Llano (que ahí ya no era tan niña) y ver más niños por la calle, más jóvenes en aquellos clubs de rol, cantando en la plaza que ahora está vacía o paseando por el parque del Rodeo. Echo de menos mi ciudad joven y siento una gran impotencia al ver que los políticos se la están cargando. Menos refinerías y mejorad la universidad, menos rotondas y más seguridad vial. Si los jóvenes somos el futuro, Saponi, por qué te empeñaste en echarnos fuera de “tu” ciudad? Espero que la nueva generación nos haga cerrar la boca cuando cantemos:
“tierra de conquistadores,
no nos quedan más cojones,
si no puedes irte lejos
te quedarás sin pellejo.”