Al fondo una silueta, un rostro serio, una mirada escrutadora de secretos que no sé si es la mía o la tuya reflejada en mis pupilas. La primera vez que drené tu alma arqueaste la espalda hacia atrás y me ofreciste el pecho, como si fuera él quien la albergara. Pronto descubriste la muerte enquistada en la vida, presionando tus pulmones, agonizaste ante mis ojos sobre tus rodillas, con la cabeza mirando un cielo entumecido, raquítico, enfermo. Pero fue mucho peor cuando no acababa, fue muchísimo peor cuando te reconociste el peor de los prometeos porque tú no tenías el instante de alivio de la muerte a la puesta del sol. No tenías el descanso de la noche.
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