sábado, 9 de agosto de 2008

martes, 5 de agosto de 2008


Entendiste que era el final cuando viste mis huellas en el suelo. Ninguna conciencia podría seguir mis pasos. Sabías a dónde conducían, pero no querías saberlo, por eso te arrancaste el pelo a jirones, por eso te quemaste los párpados. Querías estar atento, alerta a cualquier olor que llevara mi nombre. Escogiste otro dolor, para calmar el de tus entrañas, pero nuestro hijo ya se gestaba en tu vientre y quería salir mientras tú buscabas la manera de hacerme daño. Pero no había esquinas en nuestra casa, ni objetos punzantes, no quedaba ya ni una gota de cianuro, lo habíamos ido destruyendo todo poco a poco, con esa calma que te caracteriza los días de sol, días rojo intenso.

Por la ventana asomaban los gatos. Ni rastro de mis ojos.

domingo, 8 de junio de 2008

La puta distancia (otra vez sucumbiendo al pasado)


Ya no sé lo que soy. Me extraña mi sombra, el sonido de mis palabras, mi olor corporal, el tacto de mi pelo sobre la espalda. Encuentro en tus ojos mi propia mirada galopando, lanzándose al vacío de tus pestañas. Desconfío de tu abrazo, rehúyo de la tranquilidad de tus palabras que son lanzas. Desconfío, cuando estoy contigo, hasta de mis miradas. Miedo, quieto, silencioso, esperando agitar mi cerebro que estallando en reglas absurdas me obliga a codificar cada movimiento, me estremece, tengo miedo de ese mí que está contigo, de ese yo que huele en tus sábanas recuerdos de noches pasadas que reptan por tu piel y me enseñan los dientes. El caos de tu mesa me narra historias en las que no he podido participar y sangro levemente, para que no te des cuenta. En el silencio y en el escándalo, veo cómo te alejas. Retengo tu imagen, tu figura recortada en un paisaje urbano, saltando, levantando un kalimotxo, llamando la atención de otro alguien que pasará por tu vida de puntillas, como yo lo hago, temeroso de ser lo que tú no quieres que sea.

miércoles, 28 de mayo de 2008


Todos duermen, a mamá no hay quien la saque de su dosis de emocor nocturna, no gana para disgustos, dice. Yo sabré qué hacer con ellos. Si los jodidos escalones no chirriaran esto sería menos siniestro, está bien que así sea, le da un toque de misterio al asunto. Quizá alguien ruede una película sobre mi vida alguna vez, deberían hacerlo. Ahí está el viejo gordinflón, borracho como una cuba. No se mueve, no reacciona. Las cerdas de la televisión local, se ha dormido empalmado el muy cabrón. Tengo que hacerlo bien. Los cordones de las zapatillas bastarán. Muy bien, así no podrá moverse, de todas maneras dudo que aguantara el equilibrio. Qué asco, este puto olor me ha perseguido toda la vida, vino barato o whisky o yo qué sé qué bebe este mierda. Se ha despertado, joder, bueno, tranquilo, entraba en los planes, aunque hubiera sido mejor despertarle con la pistola de agua. ¿Por qué chilla? ¿Es que acaso no sabe que ya está perdido? No tienes escapatoria, no, no, sale en demasiadas películas. Mejor voy a sonreírle, sí, sí, psicópata, dice. Yo no soy un psicópata, esto lo hago por un motivo, hijo de puta, esto lo hago por todos nosotros. Cállate. Toda la vida con esa puta palabra en la boca, Muñequita, pero ya soy un hombre y soy fuerte, lo sé. Puedo con este viejo. ¿Le escupo? No, mejor vayamos al grano, no quiero que Sara o el bebé se despierten y vean lo que tengo que hacer, no lo entenderían, son demasiado pequeñas, no comprenderían que es lo único que puedo hacer, que las estoy salvando. No te muevas, joder, lo vas a cagar todo. El cuchillo, ¿dónde coño lo escondí? Vale, en el sofá. Eres un maldito cabrón, mira cómo chilla, chilla como una niña en una peli de terror. Les diré que incluyan esto, al viejo borracho chillando como una niña. Ya no está cabreado, ahora está acojonado, lo veo en sus ojos. A-co-jo-na-do. Si hasta se va a poner a llorar. Pero hombre, si son unos cortecitos de mierda, Muñequita. Grita demasiado, me va a obligar a acabar con esto ya, con lo que me estoy divirtiendo. Cómo se retuerce, perrito mojado, triste en la carretera. No llores, no llores, no llames a tu mami, muñequita. Tengo que hacerle callar, la garganta, joder, cómo sangra, como el cerdo que es, lo va a poner todo hecho una mierda. Le salen burbujas por la raja, no sabía que esto fuera así, sí que tiene sangre el cabrón. Ya no se mueve. Cómo pesa, tendré que bajarlo en el ascensor. Y mamá, mamá se cabreará por la mañana cuando vea que tiene que limpiar todo esto.

martes, 13 de mayo de 2008

Ya me callo la puta boca

Aprendemos a vivir gritando, verbalizando los
acontecimientos para repensarlos, recrearlos y
alimentarnos de ellos. No veo más que este humo que turba
y desconsuela, todos sabemos ya que no hay consuelo en la
filosofía. Tal vez el sol, un sol de mediodía, con la
sombra más corta, el sol de Zaratustra. Insistes en
compartirlo, porque somos todos, porque el súper hombre
no es un individuo ni podría serlo. El sueño empieza a
bostezar entre nosotros, la primera luz de la mañana se
acerca y sigues insistiendo en verbalizar, en hacerlo
nuestro. No, o quizá sí, ya no sé si quiero que sigamos
engendrando verdades que no pasan de ser cigoto, armadura
para cerrarnos en banda al resto: mejor aniquilémoslas.
Golpeemos en el epicentro de nuestras creencias,
echémoslas por tierra y quedémonos solos, con los ojos
grandes al mundo, de par en par, encendiendo velas a los
dioses esparcidos por el suelo agradeciéndoles que un día
nos amamantaran con el maná de la seguridad, el que ahora
nos permite seguir vadeando este océano sin tierra firme,
aguantando juntos, lúcidos, tranquilos, permitiéndonos el
desliz de agarrarnos a un clavo ardiendo. La filosofía
acabó en Parménides ¿no? Pues voy a cerrar la boca (o a
levantar las manos, que en este caso sería lo más
correcto) y a asentir: SER, no es más, el resto…
palabras, cantos en el mar.

martes, 19 de febrero de 2008

La puta distancia (o cómo sucumbir al pasado)

Te observo, de lejos, mientras cantas. Las venas de cuello invitan a un sueño del que no puedo participar, no ahora, ni aquí. Tu pecho al cielo, los brazos abiertos y un rugido, sabor a vinagre, amargo como el amor en aquél colchón sin sábanas. Sigo las huellas de tus amantes por tu espalda, cicatrices de batalla, vomitas niebla y te cubre, te envuelve entre risas y ojos de gato, abiertos, alerta, que sueñan con que no pueden soñar un mundo mejor. Me azuzas y me quemo, me recojo el pelo y te presto una almohada para hacer más cómodo este viaje a ninguna parte, en el que ninguno de los dos termina por encajar en su asiento junto al otro. Nuestros brazos forman las piezas de un puzzle confuso, informe, sin razón ni orden, se descompone y nos grita para dejar de intentarlo. Pero seguimos… entre vino barato, cerveza de barril y el toque intelectual de las luces de neón y esa música que no nos deja hablar, sólo imaginar la conversación. Caras guapas entre mis manos, cabellos suaves entre las tuyas, bien peinados, sin remolinos, sin nudos, con colores de fantasía y esos ojos, esos ojos que no podrás olvidar. Pero vuelves a un metro y medio del suelo, a la altura de mi sonrisa torcida y apagada, sonrisa negra perfilando un futuro estático lleno de vacío. Intentamos el viaje de nuevo, en direcciones opuestas sin soltarnos la mano. Vuelven las caras guapas a mis manos y los cabellos suaves a enredarse entre tus dedos.

domingo, 17 de febrero de 2008

domingo, 13 de enero de 2008

El balanceo de un hueco que se expande y se hace pequeño. El amor que me deslumbra, que me devuelve un destello en el espejo, una sensación fugaz, efímera, una ilusión de otra ilusión. Es un sol templado que abrasa en el parque, unos guantes que no impiden que sangren los nudillos. Aprecio el vacío estimulante, el impulso de las ansias de romper para siempre con la nada y del duelo por su ausencia. Abro las manos, extiendo las palmas a un cielo ignorante, confuso, que no sabe lo que le pido. Me encojo buscando el brazo protector que promete que todo irá bien, acelero y la caída no llega a materializarse, pero amenaza. La amenaza del horror por lo monstruoso, por esa máquina gigante que me apremia a formar parte de sus engranajes mientras me precipito transformándome en tuerca, en bujía lubricada por el dolor escurridizo de mis lágrimas. Sueños de cuentos de hadas, de whisky barato, de lecturas a oscuras y humo de tabaco. Imagino y mis pies se sostienen sobre ese imaginario eludiendo la amenaza… son cuentos de hadas. Trazo un plan y me diluyo entre sus líneas, sus marcas rojas, sus perfectos silogismos hasta que de mí no queda nada y entonces, empapada por su belleza, calada hasta los huesos de la perfección de su esquema, del final sorpresivo, de las frases geniales, de la profundidad que le dan a mis ojos las gafas resurjo rompiendo, rajando, desquebrajándolo todo hasta diluirlo a él en los surcos vertiginosos de mis circunvoluciones cerebrales, en la carne y los pelos y lo más podrido que pueda expulsar de mí y lo alejo, lo arrojo fuera, lo escupo… hasta engullirlo, entrañarlo, gestarlo en mi gemelo y parirlo por mi cabeza.