
Ponemos nombres propios a los conceptos que nos atraviesan porque no son nosotros, queremos verlos como un afuera al que nos enfrentamos pero al que no pertenecemos. Es en la dialéctica con el Otro, en el éxito de esta dialéctica de reconocimiento, donde aparecemos patéticos y vulnerables. Nos gusta pensarnos recubiertos de una cierta membrana anatómica superpuesta a la piel misma, por la que comunicarnos con el mundo por osmosis, pero esta membrana nuestra presume de impermeable orgullosa. ¿Qué tiene el miedo que nos atrae, que nos seduce y nos envuelve, acelerando las pulsaciones, la respiración, los parapadeos? ¿Porque sentimos la vida? ¿Porque nos ciega la sangre? Vampiros sedientos, adictos a estar vivos, a la carne, a la sangre, a las vísceras y órganos. Succionamos el flujo vital del Otro, devoramos las coordenadas del afuera, desgarramos las claves de la identidad. Vampiros sedientos de vida desde la muerte, acostumbrados a diferenciarlas reconocemos en un CRASH que no son más que la misma cosa… pero estamos podridos. Huele la putrefacción, sentimos el hedor de nuestras rodillas, de nuestras ingles jóvenes ya muertas. La curva de mi espalda se arquea en un gemido de muerte, desprende fuegos fatuos y exhala otro aliento (no hay nunca un último) y otro… y otro… hasta que el siguiente te hace enloquecer. La locura de lo mismo, de lo de antes, el loco es el que vuelve al pasado en un giro suicida de cuello, clic clic clic clic crash… y el crash mira hacia delante con el pecho en la espalda.

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