Y es que si se habia vivido en Westminster-cuantos anyos ya?, mas de veinte-, Clarissa estaba convencida de que incluso en medio del trafico, o al despertarse por la noche, se sentia un silencio especial, un no se sabia que de solemne, una pausa que no era posible describir, una ansiedad (aunque eso podia ser su corazon, tocado, decian, por la gripe) que atenazaba antes de que el Big Ben diera las horas. Ya habia llegado el momento! Ya resonaba. Primero, un aviso musical; luego, la hora, irrevocable. Los circulos de plomo disolviendose en el aire. Por que somos tan necios?, se pregunto, mientras cruzaba Victoria Street. Solo Dios sabe por que la amamos tanto, por que la vemos como la vemos, inventandola, construyendola a cada momento; porque hasta las mujeres menos atractivas que pudiera imaginarse, los desechos mas miserables que se sentaban en los umbrales de las puertas (derrotados por la bebida) hacian lo mismo; estaba totalmente convencida de que ninguna ley lograria dominarlos, y por esa misma razon: la de que tambien ellos amaban la vida. En los ojos de la gente, en cada vaiven, paso y zancada, en el fragor y el tumulto, en los coches de caballos, automoviles, omnibus, camionetas, hombres-anuncio que giraban y arrastraban los pies, en las bandas de musica, en los organillos, en el jubilio y el tintineo y el extranyo canto agudo de algun aeroplano que cruzaba el cielo, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, aquel instante del mes de junio.
Mrs. Dalloway, Virginia Woolf.
Mrs. Dalloway, Virginia Woolf.

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