
Empieza a hacer frío, llueve y apetece quedarse en el salón con la manta, el gatito y buen libro, tal vez una buena película. Es tiempo de estar con los de casa, con los de todos los días. En medio de esta rutina, deliciosa rutina cuando uno mismo la elige en cada uno de sus detalles, nuestra imaginación está preparada para recrearse en otros mundos, para imaginar otras vidas. La vida agitada, el estrés o las aventuras dejan poco espacio para esto. Ahora siento lo agradable que es tener un capuchino calentito entre las manos y pensar, mirando al vacío, sobre el arte, por ejemplo.
Sobre este cuadro de Rubens en concreto he estado pensando esta noche. Habrán sido apenas cinco minutos mientras esperaba que el termómetro me tomara la temperatura, pero al volver de nuevo a la realidad, al ver que lo que estaba mirando era un montón de papeles revueltos sobre la mesa, he tenido la sensación de haber viajado efectivamente en el tiempo, de haber estado realmente primero en la sala de la National Gallery sobrecogida, llevándome las manos a la boca para ocultar la emoción, y luego de haber estado en aquella habitación, espiando con las rodillas recogidas sobre el pecho el arrepentimiento en los ojos de Dalila, espantada por la tranquilidad de Sansón reflejada en los suaves movimientos de su pecho al inflarse por el aire y dejarlo escapar… una tiene sus deformaciones profesionales y le es inevitable preguntarse en esos momentos de experiencia estética qué demonios es eso a lo que llaman arte. Me resulta difícil explicar por qué Rubens me parece un genio o todo lo contrario. El arte es técnica y… dónde está la frontera entre el artista y el artesano? Quién es capaz de soportar el temblor del pulso al arrojar un cuadro a la basura o al colgarlo en un museo? (o, por decirlo de otra manera, quién es capaz de decidir si enviarle una canción a los 40 o de contratar al músico para que represente en una sala llena de intelectuales con gafas?). Está en otro sitio esa frontera que en un mero espectáculo, en una forma de presentación, en la aceptación de ese consejo de sabios que llueven tinta sobre nosotros?
Sobre este cuadro de Rubens en concreto he estado pensando esta noche. Habrán sido apenas cinco minutos mientras esperaba que el termómetro me tomara la temperatura, pero al volver de nuevo a la realidad, al ver que lo que estaba mirando era un montón de papeles revueltos sobre la mesa, he tenido la sensación de haber viajado efectivamente en el tiempo, de haber estado realmente primero en la sala de la National Gallery sobrecogida, llevándome las manos a la boca para ocultar la emoción, y luego de haber estado en aquella habitación, espiando con las rodillas recogidas sobre el pecho el arrepentimiento en los ojos de Dalila, espantada por la tranquilidad de Sansón reflejada en los suaves movimientos de su pecho al inflarse por el aire y dejarlo escapar… una tiene sus deformaciones profesionales y le es inevitable preguntarse en esos momentos de experiencia estética qué demonios es eso a lo que llaman arte. Me resulta difícil explicar por qué Rubens me parece un genio o todo lo contrario. El arte es técnica y… dónde está la frontera entre el artista y el artesano? Quién es capaz de soportar el temblor del pulso al arrojar un cuadro a la basura o al colgarlo en un museo? (o, por decirlo de otra manera, quién es capaz de decidir si enviarle una canción a los 40 o de contratar al músico para que represente en una sala llena de intelectuales con gafas?). Está en otro sitio esa frontera que en un mero espectáculo, en una forma de presentación, en la aceptación de ese consejo de sabios que llueven tinta sobre nosotros?

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