
Llevo ya un año corrigiendo esta novelita de Maruf, un escritor saharaui y una persona excepcional. La verdad es que la he tenido bastante abandonada, quizá porque no me lo había planteado como lo que es. Lo veía desde una óptica literaria, desde la cual no tiene mucho interés para mí, en lugar de verlo como activismo puro y duro. Esta gente no tiene voz, desde la civilización nos empeñamos en desgarrarles las cuerdas bucales, amputarles las manos, cortarles las alas. El enfrentamiento entre cultura y civilización viene desde hace ya casi un siglo, un largo siglo, cuando los alemanes defendían su kultur en la primera guerra mundial frente a la civilización que se empeñaban en ennoblecer los estirados ingleses y franceses. Dicen que la cultura pertenece a los pueblos cuya identidad es difusa, a aquellos que no tienen claro lo que son y necesitan afianzarlo. La cultura es la lucha por la identidad de un pueblo. Sin embargo, la civilización es propia de los pueblos que ya saben lo que significa ser quién son (y los ingleses y franceses a principios del siglo pasado lo tenían, al parecer, muy clarito) y pretenden extenderlo en una especie de proselitismo de sus valores, tradiciones y sistemas políticos. De este modo, la cultura se recoge sobre sí misma y la civilización estalla salpicando a todos los que tiene alrededor hasta entrañárselos -de ahí el colonialismo. El pueblo saharaui carece de identidad segura y posee una cultura rica de la que todos podríamos beneficiarnos. La comunicación con el afuera es indispensable para formarse una identidad propia, pero cuando el afuera es sordo y ciego esta comunicación es imposible. Dejémosles hablar, yo les presto mis palabras, podréis prestarles vosotros vuestros ojos?

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