
Uno siempre intenta justificarse por sus actos, por sus decisiones, para convencer a los demás de una nobleza interior de la que jamás podría convencerse a sí mismo a no ser de ignorar ciertos hechos, por supuesto, a propósito. Pero la verdad es una amante cruel y la memoria no siempre evita el dolor, por mucho que nos esforcemos en fortalecer nuestros mecanismos de autodefensa. Con el paso del tiempo los momentos que un día nos resultaron especialmente duros se reblandecen en el líquido encefálico como hijos muertos antes del nacimiento que guardamos flotando en tarros de cristal en los sótanos del olvido. Al abrir un cuaderno antiguo te sientes desenroscando la tapa de alguno de aquellos tarros y extrayendo el feto todavía informe de su interior, en el que se presume una figura humana que encierra todos los secretos de una vida ya vivida.
El cuaderno de Pandora.
Supongo que este fue el motivo por el que comencé este blog.

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