El apetito de inmortalidad, esa sed de Dios tal y como yo la entiendo o la quiero entender, pertenece hasta a la última molécula de nuestro cuerpo, constituye hasta el más mínimo gesto de nuestras acciones. Es la voluntad de poder y la voluntad de ser y seguir siendo siempre esa que se esconde hasta en nuestros impulsos autodestructivos. Buscamos la inmortalidad a través del arte, la fama, las buenas acciones de los religiosos y los scouts… pero todos esos caminos nos procuran una vida eterna incorpórea que no termina de satisfacernos. Porque cuando nos imaginamos retozando en el Paraíso, correteando tras las nubes, nos imaginamos con dos piernas, dos brazos, una cabeza y un tronco que los une a todos. Nos imaginamos degustando exquisitos manjares a la mesa de los dioses, manjares que recorren nuestros intestinos (pero ¿se caga en el cielo?). También nos imaginamos rodeados de vírgenes que el gran Alá nos procura, y a esas vírgenes las penetramos con nuestros penes en sus vaginas y al alcanzar el orgasmo eyaculamos semen pringoso en sus úteros. Todo esto es corpóreo, material y si cualquier religioso me leyera incluso llegaría a llamarme hereje. Pero, sin embargo, es así como nos imaginamos la vida eterna. No podemos pensar nuestra existencia más allá de la carne, de lo físico y tangible, la trascendencia del cuerpo para convertirse en pensamiento, o en ser pensante, como diría Descartes, es sólo una ficción. Cuando nos paramos a pensar seriamente, a hacer un ejercicio imaginativo de qué es lo que somos además del cuerpo… queda el vacío. Incluso el que se imagina como energía se imagina como una masa de luz brillante, y una masa ya es materia. Somos incapaces de pensarnos fuera del espacio, imaginar el vacío sería como imaginar una gran superficie negra, o pensar en “negro”, en el color, pero el color no existe sin el órgano. Y volvemos a empezar. Entonces aparece la gran pregunta (y el gran libro de la respuesta kantiana), ¿es cuestión de falta de imaginación, de incapacidad de nuestro entendimiento, o es que más allá del cuerpo no existe nada? Si fuera una cuestión de falta de imaginación pondría el punto y final aquí y me iría a hacer otra cosa. La cuestión es que mi intuición me dice que no hay nada más que el cuerpo. Pretender alcanzar una verdad absoluta en los tiempos que corren es una tarea para esquizofrénicos. Yo me baso en una verdad cotidiana, una verdad de esas del tan manido sentido común. No quiero jugar a las verdades prostitutas, esas que se venden al mejor postor. Si se prefiere puedo utilizar la palabra “creencia” en lugar de verdad, pero me parece absurdo. Vamos a delimitar nuestro juego del lenguaje. Aquí la verdad es lo que podemos comprobar a través de los sentidos y no sólo por un ensoñamiento racional o imaginativo. Dar cabida en el juego de la verdad a estos ensoñamientos resulta bastante peligroso… además de poco útil.
viernes, 16 de noviembre de 2007
Apetito de inmortalidad
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1 comentario:
Hay un libro que se llama "desde mi cielo", encierra muchas otras cosas, pero también medio soluciona tu problema, poniendo un pie a cada lado del río.
Por otro lado, cómo diste con mi ultima fila?
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